4. Ojos

Sam se despertó por el frío. La ventana del dormitorio estaba abierta y el frescor del otoño se había instalado en la habitación como una cobertura de azúcar glasé. En el exterior, las estrellas estaban esparcidas sobre la negra oscuridad, y la luna se consumía en su cuarto decreciente. La habitación se vio inundada por exuberantes fragancias nocturnas, el olor de las frutas maduras caídas de los ciruelos del jardín, de hojas podridas por la lluvia. Estos olores se habían adherido a las botas de la figura que estaba en cuclillas al otro extremo de la habitación.

Sam sintió un escalofrío. Pero el duende parecía exhausto. Él o ella, Sam aún no era capaz de decidirse, se agarraba una rodilla. Uno de los pies sobresalía de los conocidos pantalones a rayas mostaza y verde, mostrándole la suela grabada de una enorme bota. La débil luz de la luna danzaba en los brillantes ojos que habían estado observando a Sam durante un tiempo.

– Tenemos problemas.

Sam se incorporó.

– ¿Por qué?

Siempre que intentaba hablarle al duende el corazón se le hinchaba y la lengua se le pegaba al paladar.

– ¿Has tenido alguna vez problemas?

Sam pensó la respuesta. Sabía lo que era escuchar una voz que le gritaba. Incluso sabía lo que era sentir un tortazo tan vigoroso como para dejarle una enorme huella rojiza en la parte trasera de la pierna.

– Sí.

– Me refiero a un problema grave. Me refiero a estar de mierda hasta el cuello.

Cuando los otros chicos en el colegio utilizaban la palabra «mierda», no significaba nada. Cuando a veces había oído a adultos utilizar tal lenguaje, y la criatura de la habitación hablaba como un adulto aunque no lo pareciera, entonces la palabras asustaban. Se volvían reales.

– No he hecho nada.

La criatura resopló.

– «No he hecho nada» -lo imitó con crueldad.



15 из 294