– El duende.

Pero todo lo que salió de su boca fue un sollozo convulso. Estaba hiperventilando.

– Venga, Sam. Has tenido una pesadilla. Una pesadilla. Ya se ha ido, ¿vale? No pasa nada. No pasa nada. -Su padre le acarició el pelo-. Estás empapado, mozalbete. Empapado. Venga, vuelve a dormir, no pasa nada.

Su padre alzó la vista hacia la ventana mientras arreglaba las sábanas.

– Hace un frío que pela aquí. No me extraña.

Cerró la ventana y echó el pestillo.

– Deja la luz encendida -dijo Sam. Su padre dudó.

– Dejaré la luz del pasillo encendida y la puerta abierta. Si no, no te vas a dormir.

Sam cerró los ojos como accediendo y los volvió a abrir en cuanto se fue su padre. Salió como pudo de la cama y miró a través de la ventana. La luna brillaba pálida sobre los tejados de pizarra grisáceos de las casas cercanas. Dejó que la cortina cayese y se giró para recoger el castillo de juguete. Tenía un lateral roto. Sus maltrechas tropas compuestas por cruzados de todo tipo, caballería de los Estados Unidos, paracaidistas e indios pieles rojas estaban desperdigadas por el suelo, derrotadas por el ejército de las pesadillas. Los dejó morir allí donde habían caído.

El ojo de Sam, que había sido rociado por los nocivos vapores del duende, estaba irritado. Volvió a la cama y tras un rato se durmió de nuevo.


La noche siguiente a la segunda aparición del duende, Sam estaba hundido en un sillón, contemplando en silencio un libro de ilustraciones. Se dio cuenta de que su madre lo miraba fijamente. Alzó la vista hacia ella, pero ella no apartó la mirada. Tampoco sonrió, de modo que volvió a clavar los ojos en las ilustraciones, aún consciente, gracias a su visión periférica, de la atención de su madre.

– Ese chico tiene bizquera -oyó que su madre susurraba.

Nev gruñó de manera apática desde detrás del periódico.

– En serio -insistió Connie-, mira.



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