
El periódico bajó lentamente, hasta que los ojos y la nariz de Nev aparecieron por encima de los titulares.
– ¿Qué?
Sam fingió no darse cuenta de aquella atención.
– El ojo derecho. Se gira ligeramente hacia adentro.
– ¿Y qué?
– Habría que echarle un vistazo.
Derrotado, Nev dejó que el periódico se posase en su regazo.
– Cuando no es artista, es autista, o comoquiera que se diga esa maldita palabra. Y cuando no tiene articulaciones dobles, es ciego de un puñetero ojo.
– No he dicho que esté ciego. He dicho que tiene bizquera.
– ¿Por qué no dejas al chico en paz en lugar de estar todo el día criticándole y chinchándole? Era imposible detener a Connie.
– Sam. Deja el libro. Ahora mírame. Ahora mira a la puerta sin mover la cabeza.
Sam hizo lo que le ordenaban. Su madre se acuclilló junto a él, tenía los ojos como un búho, llenos de autoritaria preocupación. Su padre parecía resignado y compasivo.
– No -insistió Connie-. Tienen que mirárselo.
5. Fricción
La ocupación del padre de Terry seguía siendo un misterio para todo el barrio. Cuando alguien le preguntaba este contestaba -y Terry a menudo repetía la respuesta- que era inventor. Pero de igual forma se podía haber declarado ufólogo o astrofísico, pues la idea seguía siendo muy vaga.
– ¿Inventor de qué? -era la inevitable réplica.
– De lo que necesite ser inventado -era su respuesta típica.
Chris Morris trabajaba en sus supuestos inventos en un taller adyacente a la vieja caravana. Cuando vecinos como Nev, el padre de Sam, o Eric, el padre de Clive, se ponían a especular acerca de la naturaleza de los inventos, sus mentes evocaban artefactos diseñados para superar el motor de combustión interna o tendían a pensar en artilugios de la era espacial, como, por ejemplo, aparatos de televisión diminutos. En realidad, los inventos de Morris adoptaban el aspecto de maquetas de cartón que le habían sido encargadas para adornar la parte trasera de los paquetes de cereales, o letreros para tiendas de comestibles.
