
La madre y el padre de Clive, que estaban a cargo de los niños aquella tarde, estaban tumbados sobre la hierba, él con la cabeza sobre el regazo de ella. Sam corrió hacia ellos. El padre de Clive alzó la cabeza para ver a qué venía tanto alboroto.
– A Terry le ha mordido un pez verde -dijo Sam.
El padre de Clive se puso de pie y corrió por la orilla. Terry aún estaba gritando mientras se agarraba el pie. El señor Rogers se arrodilló para separar las manos de Terry al tiempo que su rostro se quedaba lívido. De forma instintiva, se llevó el pequeño pie de Terry a la boca y succionó la herida.
La madre de Clive acudió rápida adonde se encontraba su marido. Los dos chicos que estaban pescando abandonaron las cañas y se acercaron para echar un vistazo.
– ¿Qué ha pasado? ¿Se ha caído al agua?
Clive aún estaba al otro extremo del estanque. Sam lo llamó. El señor Rogers, con las manos temblorosas, pidió con voz entrecortada un pañuelo. Lo ató alrededor del pie ensangrentado, cogió en brazos a Terry y corrió de vuelta hacia la urbanización.
Clive llegó sin aliento.
– ¿Qué pasa?
– Vamos -dijo su madre con sequedad, como si fuese culpa de Clive.
Recogió la manta de la merienda y a los chicos y abandonaron el lugar de recreo. Los dos mayores aún preguntaban qué había pasado, pero ella no dijo nada.
Sam iba detrás, pensando en que Terry tan solo tenía cinco años y la vida le había arrancado dos dedos del pie, casi seguro que para siempre. Él esperaba tener más suerte en la vida.
El padre de Clive corrió los ochocientos metros que lo separaban de la caravana de Terry. Allí vivía Terry con su madre y su padre y sus dos hermanos gemelos, que aún no tenían nueve meses. La familia Morris vivía en una caravana Bluebird toda oxidada en medio del jardín trasero de una casita de campo. Pagaban un pequeño alquiler por el solar al dueño, un anciano que nunca salía de su hogar. Sam vivía en una hilera de casas adosadas más arriba de la casa del anciano, a siete números de Terry.
