La caravana se asentaba sobre pilas de ladrillos rojos que ocupaban el lugar donde debían haber estado las ruedas. Estaba encajada contra un seto tan lejos de la casa como era posible. El seto tenía un montón de agujeros hechos por animales y niños de los alrededores, tras el cual se extendía un trecho de solar lleno de hierbajos.

El estatus que el señor Morris había perdido por vivir en una caravana lo intentaba recuperar con un coche deportivo que se había comprado. El padre de Sam, de hecho, no podía permitirse un coche por aquel entonces, ni tampoco el viejo de Clive. A los chicos les parecía una injusticia que los padres de Sam y Clive trabajaran en una fábrica de coches y no tuvieran uno, mientras el padre de Terry, cuyo trabajo resultaba un misterio para todo el mundo, era el orgulloso dueño de un mg descapotable con ruedas de radios que destellaban en el jardín junto a la caravana oxidada.

Esa tarde de domingo, Eric Rogers llevó en brazos a un Terry aún lloroso desde el estanque hasta la caravana y abrió de golpe la puerta para encontrar a los Morris en mitad de un acto privado. Los gemelos dormían en su cuna. El señor Morris profirió un improperio y el señor Rogers retrocedió con su compungida carga mientras gritaba que deberían ocuparse de su hijo. Chris Morris emergió con los ojos desorbitados mientras luchaba con la cremallera de los pantalones. Unos momentos más tarde metió a Terry en la parte de atrás del mg y encendió el motor. La señora Morris, toda sonrojada por la situación, salió de la caravana con un camisón de seda descolorido, con los rizos de color caoba derramándose por todas partes, e insistió en ir con ellos. Entonces recordó que los gemelos dormían en la cuna. El señor y la señora Morris comenzaron a gritarse antes de que el señor Morris saliera a toda velocidad hacia el hospital.



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