– En otro mundo -comentaba a menudo su madre, Connie-. En otro mundo. ¿Crees que el niño es autista?

– ¿Autista? -Nev bajó el Coventry Evening Telegraph-. ¿Qué es eso de «autista»?

Connie intentó recordar algo que había leído en una revista.

– Bueno, es como estar en la luna todo el rato.

Nev no creía en nada que no pudiese pronunciar. Contempló a su hijo que estaba viendo la tele, con el rostro arrugado mientras realizaba una evaluación somera. Sam, que siempre se daba cuenta de la manera en la que hablaban como si no estuviera presente, fingió no estar escuchando.

– ¡Qué va! -dijo su padre mientras volvía a centrar su atención en el periódico.

Aquella noche Sam examinó el diente a la luz de su lamparita de noche. El trozo de marfil estaba ligeramente manchado de amarillo cerca de la raíz. El anillo de sangre seca alrededor de la base le recordó de manera nítida la sensación que sintió al despegarse de la encía. Era una mancha de sangre con forma de dolor. Sam tanteó con la lengua el agujero que el diente le había dejado. Tenía la misma forma dolorosa. Apagó la lamparita y colocó el diente debajo de la almohada.

Unas horas más tarde, se despertó, justo cuando sus padres se iban a la cama. Su madre le hizo una visita. Apenas consciente, notó que tiraba de la manta y le alisaba la almohada. Se dio la vuelta y se quedó dormido.

A mitad de la noche se despertó muerto de frío. La ventana del dormitorio estaba abierta de par en par en mitad de la oscuridad y una leve brisa movía las cortinas. La luna creciente suministraba algo de luz pero que no lo aliviaba. La brisa le trajo una extraña fragancia, familiar aunque difícil de identificar. Era una mezcla de olores, entre los cuales estaba el de la hierba mojada. Aunque no había llovido.



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