– Perdona -dijo Clive con sincero horror por lo que había hecho, porque después de todo eran amigos-. Perdona.

– No pasa nada -lo tranquilizó Sam con un ligero temblor-. Ya estaba medio suelto.

La prima Linda, siempre diez metros por delante y mortificada por tener que cuidar de tres pequeñajos, les gritó para que caminaran más deprisa.

– Ponlo debajo de la almohada -dijo Terry-. El duende

– No hay pruebas que sugieran que tal duende exista -intervino Clive.

– Siempre que he perdido un diente me he encontrado una moneda de seis peniques -gritó Terry.

– Sí, pero ¿obtuviste algo cuando perdiste los dedos? -discutió Clive-. Nada.

– Me pusieron cinco libras en una cuenta de ahorros. Cinco libras.

– Eso lo hizo tu padre -dijo Sam-. Es diferente. A los duendes no les interesan los dedos de los pies. Y, en cualquier caso, el lucio fue el que se llevó los dedos.

– ¡Cinco libras! -Terry estaba dolido.

El episodio del lucio lo había dejado ligeramente cojo.

– Hay forma de averiguarlo -insistió Clive-. Ponlo debajo de tu almohada, pero no les digas nada a tus padres.

– ¿A qué vienen tantos gritos? -quiso saber Linda cuando llegaron hasta ella.

– A Sam se le ha caído un diente -contestó rápidamente Clive.

– ¿Existe el duende que se lleva los dientes? -preguntó Sam. Rápidamente Linda redefinió la distancia entre ella y el grupo de niños.

– Tú no te lo tragues porque si no te crecerá un árbol de dientes en el estómago.

– ¿Qué? -dijeron los tres niños al unísono.

– Un árbol de dientes que te crece en las entrañas -gritó por encima del hombro.

Sam tenía el puño cerrado apretando el diente, como si algún espíritu maligno quisiese doblarle el brazo para hacer que el diente se volviese a introducir en su boca. Guardó silencio durante todo el trayecto.

Sam nunca mencionó nada a sus padres acerca del incisivo. Si pensaron que estaba muy silencioso aquella tarde, no dijeron nada. En cualquier caso, a Sam se le consideraba un chico distraído, con tendencia a quedarse absorto, a soñar despierto y a permanecer con los ojos abiertos contemplando el vacío de manera poco natural.



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