Cruzó por delante del embaldosado mostrador de la cocina con su ordenada hilera de botes de cerámica. Lo único que vio sobre la reluciente mesa del comedor fue un cuenco de madera rústica lleno de melocotones y ciruelas de Santa Rosa; y en la sala de estar, un jarrón de altos y fruncidos gladiolos amarillos, mullidos cojines de cretona y el olor a limón de la cera para abrillantar los muebles.

Pero los prismáticos no se veían por ninguna parte.

– ¡Lyssa! -gritó Zoe-. ¡Lyssa! ¿Has visto los prismáticos?

Lyssa, la hermana de Zoe, apareció al momento en el rellano de la escalera. Desde que era una niña, siempre había tenido aquella habilidad telepática de estar donde se quería que estuviera en el momento en que se la necesitaba allí. Con el pelo recogido bajo una toalla en forma de turbante y vestida con un fino albornoz de algodón blanco, se la veía animada y radiante. Era el vivo retrato de la salud.

Zoe no pudo evitar sonreír.

– Tienes un aspecto maravilloso -le dijo Zoe.

Lyssa no se molestó en contestar.

– ¿Qué estás buscando?

– Los prismáticos. -Zoe movió las cejas de manera inquisidora a lo Groucho Marx-. Supongo que nuestros nuevos huéspedes deben de venir en el Molly Rose, que llegará al puerto dentro de unos minutos.

– Entonces deberías presentarte allí en persona dentro de muy poco -le dijo Lyssa, siempre tan razonable.

– Yo no puedo ir. Me he comprometido a estar en la reunión del Festival del Gobio. Espero que puedas ir a recogerlos tú, ¿de acuerdo? -Zoe miró a su alrededor y se encaminó hacia el viejo armario que había en la entrada-. ¿Dónde demonios los habré puesto? Está misma mañana los he tenido en las manos.

– Sí, sin duda.

– ¿Qué? -dijo Zoe deteniéndose.

Lyssa se echó a reír mientras le tiraba de las solapas de la bata.



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