Hum. Era un aroma cálido y saludable. Ociosamente tomó varias hojas de una mata cercana y las estrujó entre los dedos. Olía a romero. Luego, incorporándose un poco, estiró el brazo hacia una planta de aloe. Su hermana, que a veces tenía unas ideas encantadoramente new age, insistía en que Zoe se frotara cada día los antebrazos con la savia que exudaba aquella planta. Pero al ver su herida, Zoe volvió a bajar el brazo. ¡Aquella herida estaba ya casi curada!

Se echó hacia atrás tumbándose sobre la tierra cálida. Aquella rápida curación no le pareció en absoluto sorprendente. Sonriendo, cerró los párpados lentamente. Aquella isla era un lugar sanador. Y siempre había cuidado de ella y de Lyssa.

Dong, dong, dong. Las campanas de la iglesia metodista de Abrigo, que sonaban cada hora desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, sacaron a Zoe de su sopor.

Dong, dong, dong. Entreabrió ligeramente los ojos. Enseguida tendría que empezar a ponerse en marcha. Tenía que asistir a una reunión y aquel día iban a llegar nuevos huéspedes. Dong, dong, dong. Solo faltaba una hora para…

Dong.

¡Una hora no! Ahora.

Regañándose por haber perdido la noción del tiempo, Zoe se puso de pie de un salto, corrió hacia la casa y cruzando a toda prisa la cocina se dirigió hacia el vestíbulo de la parte de atrás. Dobló a la derecha y luego subió a la carrera las escaleras de Haven House, hasta llegar a la terraza, rodeada por una blanca barandilla, desde la que se divisaba toda la bahía de Haven y el puerto de la isla de Abrigo. Se dejó caer sobre una silla de mimbre cubierta de cojines, se golpeó la frente con la palma de la mano y se volvió bruscamente.

– Los prismáticos -susurró.

Volvió a bajar los escalones de madera de color miel, pasó de largo los dormitorios de la segunda planta donde se alojaban ella y su hermana y descendió de nuevo a la primera planta.



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