Zoe sonrió con satisfacción al ver las banderas de color azul, dorado y escarlata de Festival del Gobio que ondeaban ya sobre mástiles ricamente ornamentados a lo largo de avenida De la Playa, que recorría la orilla del mar. Herb Dawson, el presidente del comité de festejos, debía de haber hecho que las colgaran a primera hora de la mañana. Las banderas -de fondo azul marino por el océano Pacífico y con la silueta dorada y escarlata de un pez que recordaba la brillantes colas de los gobios de cola de fuego- se izaban cada año varias semanas antes de que tuviera lugar el festival. Anunciaban el regreso del talismán de la isla y su estancia allí hasta el equinoccio de otoño, momento en que aquellos peces abandonaban sus zonas de desove en la isla de Abrigo.

Algunos habitantes de Haven -incluso varios de los que estaban en el comité de festejos- habían empezado a hablar de no izar las banderas aquel año. Dado que los biólogos marinos dudaban de que los gobios fueran a hacer aquel año su anual visita a las playas de Abrigo, algunos -muchos, tenía que admitir Zoe- habían planteado la posibilidad de cancelar el festival. Pero la opinión de Zoe había prevalecido.

Los gobios regresarían. Tenían que regresar.

No era capaz de pensar qué pasaría si no era así. Porque nada debía cambiar en Abrigo.

Zoe volvió a enfocar los prismáticos hacia el barco y sonrió imaginando la primera impresión que tendrían de la isla los nuevos huéspedes que llegaban a bordo del Molly Rose. Cuando ella tenía diez años, había visto la isla desde aquel mismo lugar por primera vez, desde la cubierta superior de aquel barco. Inquieta por el nuevo cambio en su vida que eso suponía -una nueva cama, una nueva escuela, un nuevo manojo de nervios infantiles-, había hecho todo el viaje desde el continente forzando los ojos para intentar ver la isla de Abrigo.



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