Al principio, cuando vio aparecer en el horizonte una nube negra, le dio un vuelco el corazón y se clavó las uñas en las palmas de las manos, aterrorizada por lo que parecía ser un mal augurio. Pero luego aquella nube se fue disipando poco a poco y ante ella empezó a aparecer -haciéndose lentamente más claros y materializándose como por arte de magia- los verdes acantilados de Abrigo.

Era casi como si se hubiera hecho realidad allí por deseo suyo: un trozo firme de verdor en medio de la liquidez azul del océano. Y aquel día rezó, aunque no había ido nunca a la iglesia. Agarrándose al pasamanos de la barandilla del barco, rezó a un dios que tenía un rostro tan imperecedero e inalterable como el del monte Rushmore -el lugar que acabada de dejar para siempre guardado entre sus fragmentos de infantiles evocaciones mágicas.

– ¿Y bien? -Lyssa entró en la terraza luciendo ahora un vestido veraniego de punto de manga corta-, ¿Ya has echado un vistazo a nuestros nuevos huéspedes?

Zoe miró por encima de su hombro, entrecerrando los ojos, deslumbrada por el sol que brillaba sobre el rubio y ahora ya seco cabello de su hermana, que caía por encima de sus hombros. Zoe se tocó las puntas de su cabello, que parecía empeñado en no crecer.

La brisa hizo que a Lyssa se le pegara el vestido al cuerpo y Zoe dejó escapar un leve suspiro. Aunque estaba contenta de que su hermana hubiera recuperado todo el peso que había perdido, Zoe no podía todavía evitar sentir cierto resentimiento por el hecho de que ella aún siguiera siendo tan flaca como siempre. A pesar de que ambas tenían el mismo color rubio de pelo, las voluptuosas curvas y el impecable y lustroso cabello de Lyssa no tenían ni punto de comparación con su físico escuálido y su corto cabello rizado.

Pero aquel sentimiento era mezquino, y Zoe ya había aceptado aquellas diferencias hacía mucho tiempo.



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