
En otro tiempo, aquello habría sido mucho más de lo que se hubiera atrevido a desear.
Lyssa estaba distraída observando un enorme pájaro de color negro azulado que se acababa de posar sobre la barandilla de la terraza, justo delante de ella.
– Un cuervo -dijo.
Lyssa tenía una especial predilección por las especies animales que habían sido seres sagrados para los indios de Norteamérica, que tiempo atrás habían habitado aquella isla. Para Zoe aquellos pájaros no eran más que animales de ojos pequeños y brillantes y que no significaban gran cosa.
Éste la estaba mirando fijamente, de una forma inquietante. Zoe intentó mantenerle la mirada, pero tuvo que apartar la vista enseguida. Lo habría ahuyentado de allí si Lyssa no hubiera sido tan amiga de aquellos bichos de patas largas y delgadas.
Un segundo pájaro pasó volando en círculos por encima de sus cabezas con algo brillante en el pico. Dejó caer el objeto que llevaba en el regazo de Lyssa justo antes de posarse al lado del otro. Zoe se quedó mirando la llave dorada que brillaba sobre el fondo de algodón del vestido de su hermana.
– Dos -dijo Lyssa-. Dos cuervos.
¡Dos! Aquella palabra hizo que Zoe recordara a sus presas. Volvió a colocarse los prismáticos delante de los ojos esperando que no fuera demasiado tarde. Quería echar un vistazo a los nuevos huéspedes de Haven House antes de irse a su reunión. De esa manera, mientras los miembros del comité de festejos se dedicaran a quejarse por los problemas de aparcamiento y los permisos para los desfiles, su subconsciente podría dedicarse a trabajar en la estrategia de casamentera, planteándose quién de los dos hombres podría convenir mejor a Susan y quién a Elisabeth.
Por supuesto, Lyssa tenía razón al decirle que no se dejara llevar demasiado lejos por sus ilusiones. Quizá no debería ser tan rígida respecto a qué mujeres hacer felices. Pero sabía que con aquellos dos hombres podría hacer felices a un par mujeres; de eso no había ninguna duda. Además, ella tenía una reputación que mantener.
