
– Pero las llevé hasta el altar, ¿no es así?
Lyssa masculló algo.
– ¿Qué decías?
– Quizá no deberías interferir.
Zoe no estaba dispuesta ni a planteárselo.
– Viviendo en un pueblo pequeño y aislado, ¿qué otra cosa puede hacer la gente sino interferir? Yo quiero que la gente sea feliz. Susan y Elisabeth quieren ser felices. Ya les he dicho que esos dos hombres podrían ser perfectos para ellas.
Lyssa suspiró de nuevo.
– Quizá podrías empezar a dedicarte a ver culebrones en la televisión, como hace la gente normal.
Zoe le dirigió una sonrisa burlona.
– Yo no quiero ver culebrones, yo quiero crearlos.
Lyssa se quedó mirándola fijamente.
– Entonces busca una pareja para ti misma -respondió.
La sonrisa burlona de Zoe no se desvaneció de sus labios.
– Sí, claro.
Para empezar, ¿a quién podía encontrar que hiciera buena pareja con ella? Había crecido al lado de los pocos hombres elegibles de aquella isla y los consideraba prácticamente como hermanos. Y liarse con un visitante temporal… ¿para qué se iba a poner a tiro de que le rompieran el corazón? Amaba aquella isla y no tenía ninguna intención de abandonarla.
– De todos modos, no estábamos hablando de mí. Estábamos hablando de nuestros nuevos huéspedes, que están a punto de llegar.
Lyssa meneó la cabeza.
– ¿Cómo sabes siquiera que esos hombres están solteros?
Zoe chasqueó los dedos.
– El típico truco de: «¿Y sus esposas no les acompañarán?».
– Oh, Zoe.
– Oh, Lyssa. ¿A ti no te gusta ver a la gente feliz?
– Yo quiero verte feliz a ti -dijo Lyssa con vehemencia.
Sorprendida, Zoe se apartó otra vez los prismáticos de delante de los ojos. Se quedó mirando a su hermana de veintidós años, rubia, de ojos azules y con un aspecto saludable.
– Te tengo a ti para hacerme compañía. Y tengo esta hermosa isla en la que hemos crecido. Tenemos un negocio que funciona a la perfección. ¿Qué más podría desear?
