Desde la hilera de asientos de delante, una mujer empezó a hablar entusiasmada:

– ¡Ahí está! ¡Me parece que he visto la isla!

La respiración sobre su brazo cesó y luego oyó una serie de pequeños pasitos que se alejaban; con ellos se alejó también la sensación de estar siendo observado. Aliviado, Yeager se caló la gorra sobre la cara y se hundió contra el acolchado asiento estirando las piernas hacia delante.

Soltó un largo suspiro. La única razón que tenía para escapar de la comunidad espacial de Houston era evitar las miradas entrometidas, incluso las infantiles. Verse rodeado por los médicos del hospital, quienes le habían recomendado que se retirase e hiciera reposo, fue el primer síntoma de que se avecinaban problemas. Pero no valía la pena llevarles la contraria. Él solo quería marcharse de allí para poder concentrarse en su curación e intentar encarrilar de nuevo su vida.

La mujer que estaba sentada enfrente se puso a hablar de nuevo.

– Ahí está la isla. Elevándose entre la niebla. ¿La ves? Verdes acantilados, playas de arena, palmeras. -Su voz se convirtió en un susurro-. Parece… encantada.

Otras voces se elevaron en la cabina del barco con un tono de admiración que no podía pasarle inadvertido, y Yeager sintió un escalofrío de desasosiego que le recorría la columna vertebral. Cuando Deke le propuso que lo acompañara en aquel viaje, solo le había comentado que Abrigo era la isla que estaba más al sur de las del canal de la costa de California; y había añadido que era el lugar perfecto para esconderse. Pero no le había dicho nada que pudiera justificar la impaciente expectación de los demás pasajeros.

No le había dicho nada sobre una isla encantada.



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