Sentada a la cabecera de la mesa del picnic, con los ojos fijos en el pastel de chocolate, Maggie dejó escapar un gemido ahogado. Julio recién empezaba y la temperatura ya ascendía a casi treinta y tres grados. Las veintisiete velitas, más una para la buena suerte, convertían el pastel en una hoguera; la cobertura de claras de huevo y azúcar comenzaba a derretirse. La cera fundida de las velas resbalaba por la superficie del pastel en tibias corrientes rojas, amarillas y azules que se derramaban por los costados formando pequeñas lagunas sobre la fuente que lo contenía. Por lo general, a Maggie le encantaban las fiestas de cumpleaños, sobre todo si eran en su honor. Pero ese día en particular tenía demasiadas cosas en qué pensar. De modo que, inspiró profundamente y sopló las velitas sin mucha ceremonia.

– ¿No es hermoso? -dijo Mabel, la madre de Maggie-. Un día perfecto para un picnic de cumpleaños -La mujer había comprado unos panecillos en la panadería de la calle Ferry. Había preparado ensalada de atún, huevos rellenos y hasta había cortado los rabanitos en forma de flores-. ¿Has formulado algún deseo, querida?

– Sí. Lo hice.

– No habrás pedido ninguna locura, ¿verdad?

Maggie sintió que el ojo empezaba a latirle. Puso el dedo sobre el párpado para detener el tic y respondió a su madre.

– Por supuesto que mi deseo fue una locura. Jamás lo decepcionaría. Ni a tía Marvina -Sonrió porque aquélla era una tradicional broma familiar. Su madre y tía Marvina elevaron los ojos al cielo y suspiraron con gesto cómplice, rito que repetían invariablemente cada vez que Maggie bromeaba sobre sus locuras.



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