
Era una niña conflictiva. Siempre lo había sido y siempre lo sería. Aunque ese día cumpliera veintisiete años, nunca dejaría de ser una constante frustración para su familia, un trastorno para su ostentoso abuelo irlandés -el único irlandés en Riverside.
– Veintisiete años -dijo tía Marvina-. ¡Cómo pasa el tiempo! Recuerdo todavía cuando era una beba.
Mabel cortó el pastel.
– Incluso desde bebé fue muy independiente.
– Se negaba a comer arvejas -evocó tía Marvina-. ¿Te acuerdas?
Mabel meneó la cabeza.
– Lo de las arvejas es como una constante. No importa lo que le convenga, ella siempre hará lo que quiera.
Tía Marvina agitó su tenedor en el aire.
– Cuando Maggie tenía nueve años, dije que jamás se casaría. ¡Era tan marimacho! ¿No tenía razón? Dime ¿no tenía razón?
– Sí, tenías razón. Debió haberse casado con Larry Burlew, ese muchacho tan agradable. O con Jimmy Molnar. Ése también se habría casado con ella -Mabel miró fijo a su hija, que estaba sirviéndose café en la otra punta de la mesa -Ahora se le ha ocurrido renunciar a su empleo. ¿De qué va a vivir, sin hombre y sin trabajo? Seis años de universidad. Un doctorado. ¿Para qué? Dos años de docencia tirados a la basura.
El ojo de Maggie latía peor que nunca. Pensó que había pasado demasiadas tardes con su madre y con tía Marvina. Si escuchaba esa historia de las arvejas una vez más, se pondría a gritar como una loca. Y Larry Burlew era un baboso. Antes que casarse con él, prefería enrolarse en la Legión Extranjera.
– Siempre ha sido muy obstinada -dijo Mabel-. Cuando se le mete una idea en la cabeza, no hay Cristo que se la quite. Entonces, dime -continuó, dirigiéndose a su hija-. Dime porqué no vas a seguir enseñando este año.
Maggie se sirvió una segunda porción de pastel.
– Voy a escribir un libro -contestó, levantando con el dedo la cera derretida de la vela, que se había derramado sobre la cobertura del pastel-. Voy a escribir un libro basado en el diario de tía Kitty.
