Hank desató los cordones de su calzado deportivo.

– Estoy de acuerdo, pero necesito que el banco me otorgue el crédito.

– Ya le he dicho que en esto hay más de lo que se ve a simple vista -declaró Elsie-. Cualquiera puede darse cuenta de que su empresa es un buen negocio. Para mí, en ese banco hay gato encerrado.

– Simplemente, se manejan con cautela -Hank se quitó los calcetines y tomó la bolsa que Elsie tenía en la mano-. Yo no he llevado una vida ejemplar, según los parámetros de los habitantes de Skogen.

– A mí no me parece que haya sido tan mala -replicó Elsie, siguiéndolo hasta la cocina-. Por la forma en que habla, cualquiera creería que en los últimos cinco años se ha dedicado a administrar esos antros de perdición que hay por allí.

La cocina era muy amplia y antigua, con alacenas de roble y una enorme mesa de grandes patas talladas a modo de garras exactamente en el medio del recinto. El amueblamiento armonizaba a la perfección, aunque por cierto tenía ya unos cuantos años. La cocina en sí daba una sensación muy acogedora, de manera que a Maggie no le resultó difícil imaginar las generaciones de Mallones comiendo alrededor de esa colosal mesa redonda. El ambiente inspiraba imágenes de niños robando crema de los pasteles, de madres y abuelas trabajando hombro a hombro para preparar los banquetes de las fiestas.

– En el refrigerador tengo ensalada de papas y pollo frito -anunció Elsie-. Pueden servirse solos. Yo voy a quitarme estos zapatos.

– Y bien, ¿qué prefiere? -preguntó Hank a Maggie-. ¿Pollo frito o un buen baño caliente y ropa seca?

– Ni dudarlo. Estoy congelada. Por el momento, una ducha caliente me resulta más atractiva.

– Mientras la acompaño hasta su cuarto, la llevaré a recorrer la casa. Abajo tenemos la sala de estar, el comedor, el tocador y la cocina. A la casa original se le ha hecho una extensión: un ala para parientes políticos. Se edificó cuando mi abuela vino a vivir aquí a la muerte de mi abuelo Sheridan.



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