
Horacio levantó las orejas abruptamente y Hank se volvió para mirar hacia afuera.
– Parece un auto.
– Pues, si lo es, suena muy diferente de todos los demás -contestó Maggie.
El ruido era grave y gutural, de algún motor potente, atragantándose con gasolina a través de dobles carburadores. Su último aliento de vida resonaba en un sistema de escape de al menos treinta años de antigüedad. Se trataba de un Cadillac 1957, que estacionó justo detrás de la camioneta de Hank.
– Parece una dama un poco mayor -informó Maggie.
Hank sonrió al ver el Cadillac y a la mujer de cabellos canos que estaba tras el volante.
– No se trata de ninguna dama. Es mi mucama, Elsie Hawkins.
La mujer bajó de un salto de su Cadillac y aterrizó en medio del agua, que le llegaba hasta los tobillos. Sus exabruptos se oyeron hasta dentro de la casa y Maggie se echó a reír a carcajadas.
– Está acertado. De dama, no tiene nada.
Elsie llevaba un paraguas en una mano y en la otra, una bolsa con provisiones, bien apretada contra el pecho.
– Siempre la misma historia -dijo-. Cada vez que uno se queda sin nada en la casa, llueven enanos de cabeza -Miró a Hank y meneó la cabeza-. Qué aspecto espantoso tiene. Parece como si se hubiera revolcado en el potrero de las vacas.
– Un pequeño percance -explicó Hank-. La señorita es Maggie Toone. La he alquilado como esposa.
Elsie soltó una expresión de disgusto.
– Es la idea más tonta que jamás escuché en mi vida.
