– Espere -salió él primero, rodeó el coche y le abrió la puerta-. Después de todo, es para esto para lo que he venido -le comentó con una sonrisa.

– Gracias -le dijo, y aceptó su brazo.

La joven no pudo disimular un ligero temblor al sentir el contacto de sus dedos, y levantó involuntariamente la mirada hacia él: vio entonces que la estaba mirando con una expresión que la dejó sin habla.

– Es usted preciosa -pronunció muy serio-. Y me sentiré muy orgulloso de entrar ahí con usted del brazo. ¡No, no lo diga! Le da igual que yo me sienta orgulloso o no: eso no forma parte de nuestro trato. Bueno, a mí no me importa que a usted le importe o le deje de importar. Se lo repito: ¡es usted maravillosamente hermosa!

– Gracias -balbuceó al fin Jennifer-. Me alegro de que apruebe… mi aspecto.

– Yo no tengo que aprobar nada -repuso Steve, irónico-. Y desde luego no apruebo esta situación. Una mujer como usted no debería contratar a ningún hombre, y si lo hace es que algo hay que marcha mal. Usted es esplendorosamente sexy, una tentación para que cualquier hombre haga cosas de las que pueda arrepentirse después. Ojalá dispusiera de tiempo para indagar en esa contradicción.

– Mis contradicciones no le atañen -le espetó, ruborizándose.

– Lo harían si yo así lo quisiera -respondió despreocupadamente-. ¡Es una pena que no tenga tiempo para ello! -deslizó un dedo delicadamente a lo largo de su mejilla-. Creo que deberíamos entrar.

– Sí -repuso ella, recordando con esfuerzo el motivo por el cual se encontraban allí.

Jennifer había asistido a muchos actos en Catesby, y estaba familiarizada con su fantástico interior decorado en colores rojo y dorado, con la fantástica escalera curva y sus vistosas arañas. Pero aquella noche parecía como si estuviera viendo aquello por primera vez en su vida. Las luces eran más brillantes, más vividos los colores de los vestidos de las otras mujeres, y el contraste del negro y blanco de los esmóquines de los hombres más intenso de lo que recordaba haber visto nunca.



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