
– Así que es él -le murmuró al oído.
– Él… ¿quién?
– El guaperas con la poquita cosa.
– ¿No podríamos cambiar de tema? -inquirió Jennifer, con un esfuerzo.
– ¿Por qué? Sólo estoy aquí para demostrarle que no le importas nada en absoluto. Así que voy a demostrárselo ahora mismo… a no ser que estés asustada.
– Claro que no -se apresuró a replicar.
– Entonces tendrás que agarrar al toro por los cuernos.
– Tienes razón -y se adelantó hacia David, exclamando-: ¡David! ¡Qué alegría verte!
Él también tuvo sus problemas para reponerse de su sorpresa, y Jennifer comprendió que tampoco había esperado verla acompañada.
– Qué… encantadora sorpresa.
– Pero tú sabías que pensaba venir.
– Sí… er… claro, es sólo que… permíteme que te presente a Penny -y se volvió hacia la jovencita, que le lanzó a Jennifer una mirada nerviosa, seguida de inmediato por una deliciosa sonrisa.
– Este es Steven Leary -dijo a su vez Jennifer. Mientras los hombres se daban la mano, empezó a sentirse algo más confiada. Al menos David sabía que no se había quedado sola y deprimida en casa, esperando a que la llamara por teléfono. Deslizó un brazo bajo el de Steven y lo miró a los ojos, sonriéndole con ostentosa intensidad. Sintió un absurdo deseo de echarse a reír, como si los dos compartiesen una broma privada que nadie más pudiera comprender. Ni siquiera David.
David fruncía mientras tanto el ceño, incómodo, como si le desagradara el hecho de verla con otro hombre. Pero luego Penny reclamó su atención y tuvo que volverse hacia ella. Jennifer mantuvo bien alta la cabeza, forzando una sonrisa.
Unas cincuenta mesas redondas llenaban el salón, cada una con ocho comensales. Jennifer no supo si reír o llorar cuando descubrió que les había tocado en la misma mesa que a David y a Penny. Estaban casi frente a frente.
