– Háblame de David Conner -le pidió Steven en un murmullo-. ¿A qué se dedica?

– Posee una pequeña empresa de juguetes electrónicos.

– ¿La fundó él mismo?

– No, su padre se la legó.

La cena los mantuvo ocupados durante un rato. Steven representó su papel a la perfección, atento y sonriente al menor de sus deseos. Luego fue el turno de los discursos. Jennifer estaba frente al estrado, pero tanto David como Penny tuvieron que volverse, así que pudo observarlos con atención.

Los discursos terminaron y el ambiente se relajó visiblemente mientras la gente se levantaba para visitar otras mesas. Un par de conocidos se acercó a saludar a Jennifer, y minutos después, cuando quedó otra vez libre, descubrió que Steven se había sentado más cerca de David y Penny. David le estaba contando algo con expresión interesada, y Steven lo escuchaba con el ceño fruncido, aparentemente concentrado.

– ¿Y si alguien me invitara a bailar? -inquirió.

– Los deseos de mi dama son órdenes -repuso Steven, y la sacó a bailar un vals.

– Pensé que debía rescatarte de David -le dijo a modo de explicación.

– ¿Temías que toda esa conversación tan seria fuera demasiado para mí, verdad?

– ¿Qué te contó acerca de nosotros?

– Que fue tu gigoló, por supuesto.

– ¿No podrías hablar en serio aunque sólo fuera por un momento?

– Te lo contaré seriamente. No estoy seguro de si debo ayudarte a que vuelvas con él. Podrías terminar casada, y entonces, ¿cómo podría perdonármelo?

– ¿Qué quieres decir?

– No es el hombre que necesitas. Te pegarías con él cada vez que quisieras mirarte en el espejo.

– ¡Qué absurdo!

– No es un absurdo, Jenny…

– No hagas eso -se apresuró a decirle ella-. Sólo David me llama Jenny.

– De todas formas es un nombre que no te sienta bien. Jenny es adecuado para un gorrioncillo, y tú eres como un ave del paraíso.



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