
– ¡Bésame tú, por el amor de Dios!
– Ni en un millón de años… -apenas logró pronunciar las palabras cuando Steven volvió a acallarla de la misma expeditiva manera. Fue como si el mundo se hubiera salido de su eje, imposibilitándola pensar o hacer cualquier cosa que no fuera sentir aquel profundo gozo que empezaba a enroscarse en su interior. Era más fuerte que la furia. Por un momento aterrador, fue lo único que existió.
Pero el momento pasó y Jennifer pudo recuperarse. Liberó sus labios, con el corazón acelerado, esperando que no se hubiera ruborizado demasiado. Luego miró a Steven, temiendo ver en su rostro una burlona expresión de triunfo, y se quedó asombrada al descubrir un puro y exacto reflejo de su propia reacción: tenía además la respiración acelerada y le brillaban los ojos.
– Jennifer -pronunció en voz baja-, déjame presentarte a… ¿pero dónde se ha metido?
– El señor Kirkson se ha marchado aprovechando que los dos estaban ocupados -lo informó Alice desde el umbral.
– ¡Maldita sea! -estalló Steven, soltando apresuradamente a Jennifer-. Estaba a punto de ceder -y la miró mientras exclamaba-: ¡Muchas gracias!
– ¿Te atreves acaso a culparme a mí?
– Si no hubieras irrumpido así en mi despacho, podría haber comprado la empresa de Kirkson por un precio ridículo.
– ¿Depósitos Kirkson? ¡Así que se trataba de eso! Por eso preparaste lo de anoche.
– Qué va. Eso fue un accidente.
– ¡Ya! -se burló Jennifer.
– Por cierto, tú tienes que responderme a muchas cosas.
– ¿Yo…?
– Acabas de estropear un contrato que podría haber reportado a esta empresa un montón de dinero.
– Un contrato que tú no habrías podido concertar si no me hubieras engañado.
– Yo no te engañé -replicó Steven entre dientes-. Mike Harker es amigo mío. Estaba medio muerto de gripe, así que yo ocupé su lugar. Eso es todo.
