– Es la señorita Norton -lo informó Alice-. Está muy enfadada y viene ahora mismo hacia aquí.

Steven miró de reojo a Kirkson y tomó una rápida decisión:

– Cuando llegue -pronunció alzando la voz-, dígale que la amo con locura.

– Muy bien, señor.

Exactamente quince minutos después, la puerta del despacho de Alice se abrió de golpe dando paso a Jennifer.

– Quisiera ver a Steven Leary -pronunció con tono tenso.

– Me temo que no es posible en este momento. ¿No quiere sentarse?

– No hace falta: no estaré tanto tiempo aquí. Su jefe es un individuo falso, retorcido…

– Usted debe de ser la señorita Norton.

– La misma.

– En ese caso, tengo que decirle que el señor Leary la ama con locura -le comunicó Alice.

Por un momento Jennifer se quedó tan asombrada que no pudo articular palabra. Pero cuando al fin pudo recuperarse, se dio cuenta de que se trataba de un truco más de Steven.

– ¿La paga él para que me diga esas cosas?

– En este caso en particular, sí.

– Pues le pague lo que le pague, no creo que sea suficiente.

– No puedo menos que mostrarme de acuerdo con usted. ¿Le apetece una taza de café?

– Me apetecería más que me sirviera la cabeza de Steven Leary en una bandeja -repuso con tono crispado-. Aunque quizá prefiera servirme yo misma.

Alice se adelantó para impedirle el paso, pero no fue lo suficientemente rápida, y Jennifer irrumpió en el despacho de Steven exclamando:

– ¿Cómo te has atrevido a contarle a la prensa toda esa basura cuando sabes perfectamente bien que…?

No fue más allá. Steven ya se había levantado y dirigido hacia ella para acallarla con un beso en los labios. Por unos instantes, la indignación de Jennifer luchó contra su instintiva respuesta, y él interrumpió el beso el tiempo suficiente para susurrarle en voz muy baja:



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