
– ¿Y dónde piensa dormir ahora, en un parque?
– No, en un hotel. No se preocupe por mí, no quiero que me haga ningún favor.
¿Cómo demonios iba a convencerla para que firmase los papeles?, se preguntó Marc. Parecía enfadada con él, furiosa incluso.
Pero el dinero seguramente solucionaría el problema. Su hermana se había casado por dinero y, sin duda, el dinero sería la solución para llevarse a Henry.
Pero tendría que ir con cuidado. Tenía que darle tiempo. Si le ofrecía dinero de inmediato, ella podría tirárselo a la cara. Aquella chica tenía carácter.
No. Mejor dejar que viese al niño y convencerla después de que Henry debía vivir en Broitenburg…
¿Podría hacer eso en una noche?
Debía hacerlo, pensó. Tenía que hacerlo.
¡Tenía que llevárselo a casa! La muerte de Jean Paul había causado innumerables problemas y la monarquía no pasaba por sus mejores momentos. Su primo Jean Paul dirigía el país como si fuera un pequeño tirano, llenando sus arcas con los impuestos, manipulando el parlamento… El país estaba necesitado de serias reformas políticas y la única forma de hacerlo era asegurándose la continuidad de la dinastía que ocupaba el trono
Y para eso tenía que llevarse a Henry a Broitenburg.
Pero era todo tan complicado… Marc no sabía que Lara había registrado el nacimiento de Henry en Australia y que el niño tenía doble nacionalidad. Las autoridades australianas no lo dejarían salir del país sin la autorización de Tam-sin Dexter, de modo que lo que empezó siendo una visita relámpago había acabado siendo una pesadilla.
