
– ¿Quién cuida de él? -preguntó Tammy.
– Una niñera, ya se lo he dicho.
– ¿Y cómo es?
– Lo siento, pero…
– ¿No lo sabe?
– Es una chica australiana -suspiró Marc-. La contraté a través de una agencia cuando la niñera que vino con su madre se marchó sin avisar.
– ¡Mi madre!
– Lara envió a Henry a Australia con su madre.
– No puede ser verdad.
– Creo que se vieron en París, cuando Henry tenía seis meses. Cuando su madre volvió a Australia, Lara le pidió que se trajese a Henry.
– Eso es imposible. Mi madre nunca habría aceptado cuidar de un niño…
– Se trajo a una niñera, los instaló en un hotel y desapareció.
– Eso sí me lo creo -suspiró Tammy.
– El problema es que nadie pagaba a la niñera, así que ella también desapareció. Su madre me había asegurado en el funeral que el niño estaba bien cuidado y pensé… pensé que estaría con su familia. Un error. Poco después supimos a través de los Servicios Sociales que el niño había sido abandonado.
– ¡ Dios mío!
– Así que contraté a una niñera australiana a través de una agencia y vine a Sidney en cuanto pude.
Tammy lo miraba, incrédula. Era lógico, pensó Marc. Él también había pensado lo mismo cuando recibió la llamada de los Servicios Sociales australianos. Cuando supo que el heredero al trono de Broitenburg había sido abandonado en un hotel sintió ganas de estrangular a alguien. Afortunadamente, la prensa no se había enterado de nada.
Sabía que Isobelle se llevó al niño a Australia y supuso que estaría bien cuidado. Pero cuando llamó a la madre de Lara…
– Ese niño no tiene nada que ver conmigo -le contestó Isobelle. Estaba en Texas, con su último amante, milagrosamente recuperada tras la muerte de su hija y demasiado ocupada como para encargarse de su nieto-. Sí, yo dejé al niño y a la niñera en un hotel, pero pensé que Jean Paul y Lara se harían cargo de su salario. Si no le han pagado, yo no tengo la culpa.
