
Pero aquél era guapísimo. Sus facciones parecían esculpidas, como las de una escultura de Rodin. Y resultaba intensamente masculino, intensamente atractivo y seductor.
¿Qué más? Desde luego, no era el tipo de hombre que viviría en aquella zona remota de Australia. Incluso sin las medallas, sería el tipo de persona que toma café en tazas de porcelana o pide un cóctel en el bar. de moda de Saint Moritz, con un pequeño Lamborghini aparcado en la puerta.
Y ése no era su tipo de hombre en absoluto. Su estilo era más bien… era más bien ninguno. Tammy prefería un poco de agua caliente con unas hojas de eucalipto por la noche.
¿Qué hacían aquellos dos hombres allí?
El burócrata debía tener más de cincuenta años, era más bien robusto y llevaba el cuello de la camisa muy apretado. Por comparación, el más joven tenía un aspecto inteligente y sofisticado.
Menudo par. Resultaban una pareja absurda en aquel sitio. Vestidos como si estuvieran a punto de recibir a un rey, cuando para recibirlos sólo estaba Tammy, sentada en un arnés a diez metros del suelo.
¿Qué queman de ella?
– ¿Señorita Dexter? -la llamó el que tenía aspecto de burócrata.
¿Señorita Dexter?
– Esto es ridículo -dijo el hombre en voz baja-. El tipo de mujer que estamos buscando no trabajaría en un sitio así.
Debía haber montones de señoritas Dexter en Australia. Seguramente aquellos tipos salían del rodaje de una película y habían equivocado el camino.
– ¿Señorita Dexter? -repitió el hombre.
Tammy no respondió. Pero al mirar al más joven su corazón dio un vuelco. Quizá era una premonición, quizá aquellos hombres no se habían equivocado.
– ¿Señorita Dexter? -repitió el burócrata con tono exasperado.
– Estoy aquí arriba. ¿Qué quieren?
La voz de la joven sorprendió a Marc.
El capataz le había confirmado que Tamsin Dexter estaba trabajando allí y él reaccionó con incredulidad. ¿Qué hacía alguien de la familia de Lara en aquel sitio? Llevaba veinticuatro horas preguntándose lo mismo, desde que habló con el detective.
