
– La verdad es que estoy muy interesada en el golf.
Lorimer arqueó una ceja con incredulidad.
– Usted no parece una golfista.
– Soy principiante -se apresuró a decir, rogando que no la llevara a un campo para que se lo demostrara.
– ¿Tiene usted el resultado de su puntuación?
Skye lo miró con fijeza antes de recordar el curso intensivo de golf y la terminología que habíá usado Vanessa la noche anterior. Tenía algo que ver con un sistema de sancionar o premiar a los jugadores…
– Por supuesto, claro… -mostraba confianza.
– Supongo que es alto…
– No -Skye respondió con firmeza y, sospechaba, sarcasmo-. Muy bajo -no tenía caso pretender ser demasiado lista-. Mi puntuación es de apenas dos por el momento -continuó, pues de esa forma él no esperaría demasiado de ella.
– ¿Dos? -la expresión de Lorimer era indescriptible.
– Espero mejorar mientras estoy en Escocia -le aseguró.
– Ya veo -por un momento Lorimer la observó y de repente, de forma inesperada, su boca se torció en una devastadora sonrisa que la tomó desprevenida e hizo que retuviera el aliento. ¿Quién habría adivinado que parecería tan joven, tan cálido y tan peligrosamente atractivo?
– No se rinde con facilidad, ¿verdad? -la exasperación y el buen humor se mezclaban en su voz.
– ¿Es eso una cualidad?
– En algunos casos, aunque no en el suyo… -Lorimer movió la cabeza-. No, la combinación de frivolidad y obstinación es demasiado impresionante, para aceptarla.
– ¡Oh por favor! -Skye olvidó su orgullo al darse cuenta de que lo peor iba a suceder. ¿Cómo iba a decírselo a Charles?-. ¡Haré cualquier cosa! Trabajaré muy duro y trataré de no parecer inglesa, vestiré de gris y solamente responderé cuando se me hable, si me da el trabajo! -unió sus manos se inclinó implorante hacia él mirándolo con sus suplicantes ojos azules-. ¡Por favor!
– Ojalá supiera por qué está tan desesperada por obtener este empleo.
