
Era una situación intimidante, pero Skye era tan obstinada como Lorimer y estaba decidida a no perder la oportunidad de impresionar a Charles.
– No veo el problema -objetó-. Nadie tiene por qué saber que la chica que mecanografía las cartas es inglesa. Los procesadores de palabras no tienen acento.
– Los procesadores de palabras no contestan las llamadas telefónicas ni efectúan citas, ni saludan a los visitantes -señaló Lorimer-. Una secretaria tonta no me es de mucha ayuda.
Skye todavía no estaba vencida.
– Yo podría hablar así -sugirió con un acento típico escocés. Era una excelente imitadora y mantenía a Vanessa atacada de risa por las imitaciones que hacía de su vecino, pero Lorimer no parecía divertido.
– Me parece que usted piensa que se trata de un juego -se enderezó-: ¿O es su habilidad de hablar con acento tonto otra de las muchas cualidades profesionales de que alardea? -se sentó una vez más en la silla detrás del escritorio-. No, ya le he aclarado la situación. Arriesgo mi reputación personal en el éxito del proyecto Galloway y no puedo permitirme el lujo de emplear a la secretaria equivocada. Necesito a alguien sensata y eficiente, alguien dedicada y discreta… y escocesa. Usted, señorita Henderson, no me parece que posea ninguna de esas cualidades.
– Eso no es justo -protestó-. No puedo evitar ser inglesa.
– Eso es cierto -aceptó-. Si eso la hace sentir mejor, no es sólo su nacionalidad la que está contra usted. Como dice el anuncio, necesito una asistente que sepa algo sobre golf y, francamente, la habilidad de reconocer un extremo del otro de un palo de golf es mucho más importante para mí que todas sus sorprendentes calificaciones.
Skye lanzó a Lorimer una mirada displicente. Había pasado horas inventando sus excelentes cualidades profesionales para nada.
