– Cierre la puerta -le ordenó cuando ella vaciló en el dintel y luego le señaló una silla-. Siéntese.

– Sí, señor -musitó Skye, preguntándose si él esperaba que cruzara el cuarto haciendo reverencias. Se sentó en el borde de la silla y sopló los rizos de su frente. El pasador de su pelo se había soltado y ahora la melena dorada caía como una maraña salvaje en torno a su rostro. Estaba consciente de sus mejillas sonrojadas y su apariencia desaliñada.

Lorimer la observaba con disgusto.

– ¿Tiene usted reloj? -le preguntó con engañosa suavidad.

– Sí -Skye estaba sorprendida aunque aliviada de que no se mostrara tan enfadado como al principio, se sentó más derecha y trató de parecer nerviosa en lugar de exhausta.

– ¿Sabe cómo leer la hora? -persistió Lorimer en el mismo tono de exagerada paciencia.

– Sí, porque es digital -le explicó con bondad. Él cerró sus ojos un momento.

– ¡Claro, eso ayuda! Ahora, ya que tiene un reloj y hemos establecido que puede leerlo, quizá me pueda decir qué hora es en este momento…

Ni siquiera Skye podría confundir la fina ironía.

– Son… las nueve y veintisiete.

– ¿Y a qué hora se suponía que debía estar aquí?

– A las nueve en punto -respondió quedo.

– Nueve en punto -aceptó-. Eso significa…

– Que me he retrasado veintisiete minutos -dijo Skye y se sintió unos centímetros mal alta. Lorimer se apoyó el el respaldo de su silla.

– ¡Maravilloso! ¡También puede calcular el tiempo!

– Hubiera estado a tiempo, pero el autobús se retrasó -trató de explicar.

– ¿No se le ocurrió mirar su reloj mientras esperaba el autobús?

Skye lo miraba con cautela, insegura de cómo manejar su sarcasmo.

– No lo pensé -admitió y optó por la verdad-. Verá, esa mujer se puso a hablarme de su nieto. No creerá los problemas que ha tenido con las amígdalas.

Se interrumpió al captar la expresión de Lorimer.



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