La mayor diferencia radicaba en los poderosos sentimientos que sentía hacia aquel bebé, el hijo de Saxon: una delirante alegría al sentir su presencia en su interior, un fuerte sentimiento de protección y de posesión física hacia aquel pequeño ser, unidos a una gran impaciencia por tenerlo entre sus brazos. Junto a todo esto, se sentía abrumada por un sentimiento de pérdida casi intolerable porque le aterraba que, por ganar al hijo, terminara perdiendo al padre.

Saxon le había dejado muy claro desde el principio que no iba a aceptar ataduras de ninguna clase. Un hijo no era una simple atadura, sino un vínculo prácticamente irrompible. A Saxon le parecería algo intolerable. Sólo el hecho de enterarse de que Anna estaba embarazada sería suficiente para apartarse definitivamente de ella.

Anna había tratado de sentirse enfadada con él, pero no podía. Había entrado en aquella relación con los ojos abiertos. Saxon jamás le había ocultado nada. Jamás le había hecho promesa alguna. De hecho, se había tomado todas las molestias posibles para que a ella le quedara bien claro que él sólo estaba dispuesto a ofrecerle una relación física. No había hecho nada más que lo que le había dicho que iba a hacer. No era culpa de Saxon que el anticonceptivo hubiera fallado, como tampoco lo era que el hecho de perderlo fuera a romperle a Anna el corazón.

La ducha había dejado de sonar. Después de un instante, él entró desnudo en el dormitorio, frotándose el cabello húmedo con una toalla. Al ver que Anna seguía en la cama, frunció ligeramente el ceño. Entonces, se colocó la toalla alrededor del cuello y se sentó en el borde de la cama para deslizar la mano por debajo de la cama y buscar el cálido cuerpo de Anna. Le colocó la mano en el vientre.



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