
Era uno de esos días soleados en los que la luz es tan brillante que resulta casi cegadora.
Aquel día de abril era perfecto, con aire limpio y cálidas temperaturas. Desgraciadamente, Anna se sentía como si el corazón se le estuviera muriendo por dentro. Le preparó el desayuno y lo tomaron en la terraza, como lo hacían con frecuencia cuando el tiempo era bueno. Ella le sirvió otra taza de café y se sentó enfrente de él. Entonces, rodeó con ambas manos el vaso de zumo de naranja que iba a tomarse para que no le temblaran.
– Saxon -dijo, sin poder mirarlo. Se centró en el vaso de zumo. Sentía náuseas, pero en aquella ocasión eran más síntoma de temor que de su embarazo.
Él había estado poniéndose al día de las noticias locales. Levantó la mirada y la observó por encima del periódico.
– Tengo que marcharme -añadió ella, en voz baja.
El rostro de Saxon palideció y, durante un largo instante, se sentó como si se hubiera convertido en una estatua de piedra. Ni siquiera parpadeaba. Una ligera brisa sacudió el periódico, moviendo las páginas muy lentamente. El momento había llegado y él no sabía si podría soportarlo. Miró a Anna, que seguía con la cabeza bajada, y supo que tenía que hablar. Al menos en aquella ocasión, quería saber la razón.
– ¿Por qué? -preguntó con voz ronca.
Anna hizo un gesto de dolor al notar la tensión que había en la voz de Saxon.
– Ha ocurrido algo. Yo no lo he planeado. Simplemente… simplemente ha ocurrido.
Saxon pensó que se refería a que se había enamorado de otro hombre y trató de contener la respiración para aliviar el nudo de agonía que sentía en el pecho. Había confiado plenamente en ella. Jamás se le había pasado por la cabeza que ella pudiera estar viéndose con otro hombre durante sus ausencias. Evidentemente, se había equivocado.
