
En cualquier caso, Saxon no era un hombre con el que una mujer pudiera planear su vida. No aceptaba ataduras de ninguna clase.
En voz baja, Anna dijo:
– Y si elijo ser tu amante, entonces… ¿qué pasa?
Saxon levantó por fin los ojos verdes y la atravesó con la mirada.
– En ese caso, contrataré una nueva secretaria -afirmó simplemente-. Y no esperes jamás que te pida matrimonio, porque no lo haré. Bajo ninguna circunstancia.
Anna respiró profundamente. Saxon no se lo podría haber dicho más claro. La irrefrenable atracción física que se había desatado la noche anterior jamás pasaría de eso, al menos para él. Saxon no pensaba permitirlo.
Ella se preguntó cómo Saxon podía permanecer tan impasible tras las horas de tórrido sexo que los dos habían compartido sobre la moqueta que estaban pisando. Si hubiera sido un coito rápido, tal vez podrían haberlo pasado por alto como un hecho puntual sin importancia, pero habían hecho el amor una y otra vez, presas de un prolongado frenesí, por lo que no podían fingir que no hubiera ocurrido.
El despacho de Saxon estaba lleno de recuerdos sexuales. La había poseído sobre el suelo, sobre el sofá, sobre el escritorio que, en aquellos momentos estaba cubierto de contratos y propuestas. Incluso habían hecho el amor en el cuarto de baño privado. Saxon no había sido un amante tierno y cariñoso. Se había mostrado exigente, fiero, casi fuera de control, pero generoso en el sentido de que se había asegurado de que ella se hubiera sentido tan satisfecha como él con cada encuentro. Sólo pensar que jamás volvería a conocer tal grado de pasión volvía loca a Anna.
