Tenía veintisiete años y nunca antes había estado enamorada, ni siquiera durante la adolescencia. Si dejaba pasar aquella oportunidad, tal vez no volviera a tener otra y mucho menos con Saxon.

Por lo tanto, en plena posesión de sus facultades, dio el paso que la convertía en la mantenida de Saxon.

– Elijo ser tu amante -dijo, suavemente-. Con una condición.

Los ojos de Saxon reflejaron un apasionado fuego que se enfrió al escuchar las últimas palabras de Anna.

– No hay condiciones -replicó.

– Tiene que haber una -insistió ella-. No soy lo suficientemente ingenua como para pensar que esta relación…

– No es una relación, sino un acuerdo.

– … que este acuerdo va a durar eternamente. Quiero tener la seguridad de que voy a poder mantenerme, poder ganarme la vida, para no encontrarme de repente sin un lugar en el que vivir o los medios necesarios para ganarme la vida.

– Yo te mantendré y, créeme, me aseguraré de que te ganes cada penique que te dé -le dijo mirándola de arriba abajo de un modo que hizo que Anna se sintiera de repente desnuda, acalorada y tensa-. Voy a crear un fondo de acciones para ti, pero no quiero que trabajes. Esto es definitivo e innegociable.

A Anna no le gustaba que él estableciera la relación, porque era una relación al fin y al cabo, sobre unos cimientos tan mercenarios, pero sabía que eran los únicos a los que él accedería. Ella, por su parte, aceptaría todo lo que él le propusiera.

– Muy bien -afirmó, buscando automáticamente las palabras que él pudiera comprender y aceptar, palabras que carecieran por completo de sentimientos-. Trato hecho.

Saxon la observó en silencio durante un largo instante. Su rostro era tan inescrutable como de costumbre. Sólo el fuego que se reflejaba en sus ojos lo delataba. Entonces, se levantó y se dirigió hacia la puerta. La cerró con llave a pesar de que todos los empleados se habían marchado ya y estaban completamente solos. Cuando se volvió para mirarla, Anna pudo ver claramente la excitación sexual que se había apoderado de él y sintió que, como respuesta, su cuerpo se tensaba de anticipación. La respiración se le aceleró al ver que Saxon se le acercaba.



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