– Jamás me imaginé que te comportarías de este modo -dijo ella-. Creía… creía que simplemente no te importaría.

Él levantó la cabeza y le dedicó una mirada tan cortante como el filo de una espada.

– ¿Acaso pensaste que yo simplemente te dejaría marchar y que no volvería a pensar nunca más en ti o en el bebé? -la acusó con dureza.

Anna no se arredró.

– Sí, eso fue exactamente lo que pensé. ¿Qué otra cosa podía esperar? Jamás me habías indicado que yo fuera algo más que un instrumento para dar escape a tus impulsos sexuales.

Saxon sintió un profundo dolor en el corazón. Tuvo que apartar la mirada. Anna creía que sólo era un instrumento, cuando él medía su vida por el tiempo que pasaba al lado de ella. Debía admitir que jamás se lo había confesado, por lo que, en parte, ella tenía razón. Saxon se había tomado todas las molestias posibles para evitar que ella se enterara de nada. ¿Era ésa la razón de que estuviera perdiéndola? Se sentía como si lo hubieran hecho pedazos, pero el dolor resultaba demasiado insoportable para saber qué era lo que más le dolía, si saber que estaba perdiendo a Anna o que había engendrado un hijo que también iba a perder para siempre.

– ¿Tienes algún sitio al que ir? -murmuró.

Anna suspiró suavemente. Con aquel gesto, se le escapó el último hálito de su esperanza.

– No, en realidad, no, pero no importa. He estado mirando por ahí, pero no me he querido comprometer con nadie hasta que hubiera hablado contigo. Me marcharé a un hotel. No creo que tarde mucho tiempo en encontrar otro apartamento y, además, tú te has asegurado de que yo no tenga problemas económicos. Muchas gracias. Y gracias también por mi hijo.

Anna consiguió esbozar una débil sonrisa, pero, como Saxon había dejado de mirarla, no la vio. Se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas. El cansancio se reflejaba claramente en su rostro.



22 из 70