Miró a su alrededor y observó el apartamento al que había considerado su casa durante los últimos dos años. No sabía si podía quedarse allí mientras buscaba otro sitio donde vivir, a pesar de la generosa oferta que Saxon le había hecho. Le había dicho la pura verdad cuando le confesó que no podría vivir allí sin él. El apartamento estaba impregnado de su presencia, de recuerdos que tardarían mucho tiempo en borrarse. Su hijo había sido concebido en la misma cama sobre la que estaba sentada. Sonrió. Tal vez no. Saxon jamás había sentido la necesidad de limitar sus relaciones íntimas a la cama. Suponía que era igual de posible que hubiera ocurrido en la ducha, en el sofá o incluso sobre la encimera de la cocina, sobre la que habían hecho el amor una fría tarde. Saxon llegó mientras ella estaba preparando la cena y no sintió deseos de esperar a llevarla al dormitorio.

Los días de pasión desbordada habían terminado, tal y como había imaginado. Y aunque Saxon no hubiera reaccionado tal y como ella había imaginado, el resultado era el mismo.


Saxon echó a andar. Lo hacía automáticamente, sin preocuparse de adonde se dirigía. Aún se sentía aturdido por los golpes a los que Anna le había sometido y le resultaba imposible ordenar sus pensamientos o controlar sus sentimientos. Llevaba tanto tiempo controlando todos los aspectos de su vida, cerrándole la puerta a acontecimientos ocurridos años atrás, que había creído que el monstruo estaba domado, que el horror y las pesadillas habían muerto para siempre. Desgraciadamente, lo único que había hecho falta para destruir aquella frágil y engañosa paz había sido saber que Anna estaba embarazada y que tenía intención de dejarlo.

Sentía deseos de levantar los puños al cielo y maldecir al destino por hacerle pasar por algo así. Se habría arrodillado sobre la acera para aullar como un animal enloquecido si hubiera sabido que esto ayudaría a aliviar sólo una pequeña parte de la agonía que le atenazaba el pecho. Sabía que no sería así. Sólo podría encontrar alivio en un sitio: en los brazos de Anna.



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