
Ni siquiera podía empezar a pensar en el futuro. No lo tenía. Ni siquiera podía empezar a pensar en los días interminables que lo esperaban. No podía enfrentarse ni siquiera a uno solo, cuando menos a una eterna sucesión de días. ¿Un día sin Anna? ¿Por qué molestarse siquiera?
Jamás podría decirle lo mucho que ella significaba para él. Casi no podía tolerar admitirlo ante sí mismo. El amor, en su experiencia, era sólo una invitación a la traición y al rechazo. Si se permitía amar, se convertía en un ser vulnerable a la destrucción de la mente y del alma. Nadie lo había amado nunca. Era una lección que había aprendido desde que tenía uso de razón y la había aprendido muy bien. Su propia supervivencia se había basado en la dura coraza de la indiferencia con la que se había protegido hasta entonces, formando capa tras capa de una armadura impenetrable.
¿Cuándo dejó de ser protección para convertirse en prisión? ¿Acaso añora la tortuga alguna vez librarse de su caparazón para poder correr desnuda y libre? Probablemente no, pero él no tenía tanta suerte. Anna le había dicho que lo amaba y, aunque no fuera cierto, al decírselo le había dado la oportunidad de permanecer a su lado un poco más. No se había atrevido a hacerlo porque aquello habría significado librarse al menos de unas cuantas capas de su coraza. Esa posibilidad lo llenaba de un terror que se basaba en su más tierna infancia y que se había fortalecido a lo largo de muchos años de abusos.
Cuando llegó frente a la puerta de su apartamento, la miró perplejo, sin saber muy bien dónde estaba. Al darse cuenta por fin de que estaba frente a su propia casa, se sacó las llaves y abrió.
