
– ¿Por qué me preguntaste si yo podría deshacerme de nuestro hijo?
La pregunta se interpuso entre ambos como si fuera una espada. Anna sintió que él se encogía y que las pupilas se le contraían de la sorpresa. Saxon podría haberse apartado de ella en aquel mismo instante, pero Anna lo enganchó con fuerza con la pierna y lo agarró con fuerza por el hombro. Saxon podría haberse soltado si hubiera querido, pero no podía perder el contacto con ella. Anna lo envolvía en una ternura que ninguna fuerza era capaz de contener.
Cerró los ojos instintivamente para apartar los recuerdos, pero éstos no se marcharon. No podían hacerlo si no respondía a la pregunta de Anna. Nunca antes había hablado de aquel tema con nadie ni deseaba hacerlo. La herida era demasiado profunda y demasiado dolorosa. Llevaba toda su vida cargando con aquel peso y había hecho todo lo que había podido para sobrevivir. Había encerrado aquella parte de su vida, por lo que responder a Anna era como desgarrarse por dentro. Sin embargo, ella se merecía la verdad.
– Mi madre se deshizo de mí -dijo por fin.
De repente, fue como si la garganta se le cerrara y le impidiera pronunciar una palabra más. Sacudió la cabeza y cerró los ojos, por lo que no vio el gesto de profundo terror que se dibujó en el rostro de Anna. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, pero no se atrevió a desmoronarse y a ponerse a llorar para no interrumpir aquella confesión. En vez de eso, comenzó a acariciarle suavemente el torso, consolándole táctilmente en vez de con palabras. Presentía que las palabras no serían adecuadas y sabía que, aunque tratara de hablar, perdería la batalla con las lágrimas.
No obstante, cuando el silencio duraba ya algunos minutos, Anna comprendió que él no iba a seguir hablando, que tal vez no podía seguir sin que ella lo animara. Tragó saliva y se esforzó por recuperar la compostura. Por fin consiguió hablar con una voz que, aunque no fuera del todo normal, estaba plena del amor que sentía por él.
