
Al ir pasando de una familia de acogida a otra, esta creencia se había ido reforzando poco a poco a lo largo de su infancia. Por una razón u otra, no había encajado en ninguno de aquellos hogares. ¿Cómo es posible que un niño así aprenda a ser amado y a amar? De ninguna manera.
Cuando Anna pensaba en lo que Saxon había logrado hacer de su vida, sentía una profunda admiración por la inmensa fuerza de voluntad que él había demostrado. Se había tenido que esforzar mucho para conseguir ir a la universidad, para lograr sacarse no sólo un título en ingeniería si no también para conseguir terminar la carrera como uno de los primeros de su clase. Este hecho le procuró una amplia selección de empleos al terminar y de ahí, pasó a fundar su propia empresa.
Después de aquella desgarradora confesión, ninguno de los dos había podido pronunciar palabra. Se levantaron y empezaron a realizar las rutinas de un día corriente, aunque aquél distaba mucho de serlo. Las últimas veinticuatro horas les habían pasado factura a ambos y los había obligado a retirarse a un largo periodo de silencio, que se veía roto tan sólo por asuntos domésticos como qué era lo que iban a comer.
Sin embargo, Saxon estaba allí. No mostraba indicación alguna de marcharse. Anna se tomó este detalle como una pequeña señal de esperanza y decidió no seguir recogiendo sus cosas. En aquellos momentos, lo único que necesitaba era la presencia de Saxon.
