– Yo sí. Te deseo… y tú… tú me deseas a mí -replicó. Aún no podía decir que Anna lo amaba-. En estos momentos no tenemos por qué hacer nada. Como tú has dicho, pasarán años antes de que nuestro hijo sea lo suficientemente mayor para poder compararnos con otros padres. Aún tienes que pasar el resto de lo que te queda de embarazo y Dios sabe que yo no podré dormir por las noches si no sé que te encuentras bien. Al menos, quédate aquí hasta que nazca el niño. Yo puedo ocuparme de ti, acompañarte a las clases de preparación al parto y estar contigo durante el alumbramiento…

– Nada me gustaría más -replicó ella, con voz ronca. Entonces, vio cómo el alivio se reflejaba en los ojos de Saxon antes de que él pudiera ocultarlo.

– En ese caso, traeré mis cosas mañana.

Anna sólo pudo parpadear de la sorpresa. Había esperado que él decidiera volver a lo de siempre, durmiendo con ella todas las noches pero regresando a su apartamento por las mañanas para cambiarse de ropa antes de ir a trabajar. El hecho de pensar que las ropas de Saxon pudieran colgar al lado de las de ella en el vestidor la hacía sentirse emocionada y un poco alarmada a la vez. Este último sentimiento era ridículo, dado que no había nada que hubiera deseado más que llevar una vida completa al lado de Saxon. Sin embargo, las cosas estaban cambiando tan rápidamente y su vida ya estaba bastante patas arriba con el embarazo. Cada día iba perdiendo un poco más el control de su cuerpo a medida que el bebé crecía en su interior y le pedía más. Aunque los síntomas de su embarazo habían sido muy escasos, los cambios se iban haciendo poco a poco más evidentes.

Llevaba todo el día luchando contra uno de esos cambios y, de repente, todo se hizo demasiado. Los ojos se le llenaron de lágrimas y, al mirarlo, se le derramaron por las mejillas. Inmediatamente, Saxon acudió a su lado y la abrazó cariñosamente.



38 из 70