
La ira se apoderó de Saxon. Se imaginó una niña pequeña, de enormes ojos castaños, apartada del resto, tal y como él siempre había estado, sin formar nunca parte de la unidad familiar. Eso había sido para él lo mejor de su infancia, pero le dolía que Anna se hubiera visto sujeta también a ese tratamiento.
– ¿Y tus primos? ¿No los ves nunca ni tienes noticias de ellos?
– No. Jamás nos llevamos bien. No teníamos mucho en común. De todos modos, se marcharon a vivir a diferentes partes del país y ni siquiera sé dónde están. Supongo que, si quisiera, podría encontrarlos, pero no creo que haya razón alguna para hacerlo.
Saxon jamás se había imaginado a Anna sola en el mundo o teniendo una infancia común a la de él. Le sorprendió que ella se hubiera visto tan privada de cariño. Ella no había sufrido abusos físicos y tal vez por eso aún era capaz de expresar amor. Desde que tenía uso de razón, Saxon había aprendido a no esperar ni ofrecer nada de sí mismo porque eso lo dejaría expuesto al sufrimiento. Se alegraba de que Anna no hubiera conocido una vida así.
A pesar de todo, no debía de haberle resultado fácil decirle que estaba enamorada de él. ¿Se habría visto preparada mentalmente para el rechazo? Porque eso había sido precisamente lo que él había hecho. Se había dejado llevar por el pánico y le había arrojado sus palabras de amor a la cara. A la mañana siguiente, había sentido miedo de que ella no pudiera soportar su presencia después del modo en el que había salido huyendo. Sin embargo, no había sido así. Gracias a Dios, no sólo lo amaba a él sino que parecía amar a su hijo.
– ¿Y la familia de acogida con la que tú estuviste tanto tiempo? -le preguntó ella-. ¿Los llamas alguna vez o vas a visitarlos?
– No. No los he visto desde el día después de mi fiesta de graduación en el instituto, cuando hice las maletas y me marché, pero ellos no esperaban que yo mantuviera el contacto. Les dije adiós y les di las gracias. Supongo que con eso fue más que suficiente.
