– ¿Cómo se llamaban?

– Emmeline y Harold Bradley. Eran buenas personas. Se esforzaron mucho, en especial Harold, pero no podían convertirme en su hijo. Siempre estaba allí, en sus ojos. Yo no era Kenny. Emmeline siempre parecía lamentar el hecho de que su hijo hubiera muerto y que yo siguiera vivo. Ninguno de los dos me tocaba si podía evitarlo. Se ocupaban de mí, me proporcionaban un lugar en el que alojarme, ropa, comida, pero no había afecto alguno. Se sintieron muy aliviados cuando me marché.

– ¿No sientes curiosidad por saber si siguen con vida o si se han mudado?

– No hay razón para ello. Estoy seguro de que no se alegrarían de volver a verme.

– ¿Dónde vivían?

– A unos ciento veinte kilómetros de aquí, en Fort Morgan.

– ¡Está tan cerca! Mis primos vivían en Maryland, por lo que resulta más razonable que yo no haya mantenido el contacto con ellos.

Saxon se encogió de hombros.

– Cuando fui a la universidad, me marché del estado, por lo que no me venía muy bien venir de visita. Tuve dos empleos para pagarme mis estudios, lo que no me dejaba mucho tiempo libre.

– Sin embargo, regresaste a Colorado y te instalaste en Denver.

– Hay más demanda de ingenieros en una gran ciudad.

– Hay muchas otras grandes ciudades en este país. Estás muy cerca de ellos, pero jamás los has llamado para decirles cómo te va la vida o que has regresado al estado.

– No, no lo he hecho -dijo Saxon, empezando a enfadarse-, ni tengo intención de hacerlo, Anna. Por el amor de Dios, hace quince años que terminé mis estudios en la universidad. Estoy seguro que no han estado esperando que yo regresara todo este tiempo. Sabían que no iba a hacerlo.

Anna decidió dejar el tema, pero no lo olvidó. Harold y Emmeline Bradley. Se aprendió los nombres de memoria. A pesar de lo que Saxon pensara, se habían pasado muchos años cuidándolo y seguramente les interesaba más de lo que él creía saber lo que había sido de su hijo adoptivo.



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