
Lockie frunció el ceño.
– No creo que mintieras, no es tu estilo. Oí lo que le decías a papá aquella noche. Dijiste que no era de Jarrod.
¡Lockie los había oído! Georgia sintió un ataque de pánico. No podía hablar sobre aquella noche. No quería. Le producía demasiado dolor recordarla.
– No quiero discutirlo, Lockie. Me niego -dijo, temiendo que la histeria la dominara.
– Georgia…
– No, Lockie, por favor -Georgia alzó una mano para hacerlo callar-. Ya basta. Déjame en paz.
Salió y se marchó a su dormitorio. Unos minutos más tarde, oyó dar un portazo a Lockie y se metió en la cama, exhausta.
Georgia salió del depósito de libros jugueteando nerviosamente con la tira de su bolso.
– Hasta el lunes -la saludó su compañera Jodie-. Debes tener muchas ganas de volver a casa. Has estado todo el día muy distraída. ¿Estás segura de que no te pasa nada?
– Más o menos -suspiró Georgia-. El caso es que no le puedo echar la culpa a nadie más que a mí misma.
Jodie arqueó las cejas.
– Deja que adivine -sonrió-. Algún miembro de tu familia te ha convencido para que hagas algo que no te apetece.
– ¿Cómo lo has adivinado? -dijo Georgia, riendo.
– Será que tienes cara de estar preocupada por un asunto familiar.
– No es eso exactamente. Tengo que admitir que estoy preocupada conmigo misma -Georgia miró la hora y tragó saliva para contener el agobio que sentía.
– ¿Vas a contármelo? No puedo soportar el suspense -dijo Jodie, apoyándose en su escritorio y cruzándose de brazos.
– Mandy está fuera y he dejado que Lockie me convenza para que cante con el grupo esta noche. Estoy hecha un flan. No sé como lo consentí, pero ya no puedo echarme atrás. A no ser que me dé un ataque repentino de faringitis -hizo una mueca-. Pero Lockie no me creería.
– ¿Dónde tocáis?
– En el Country Music Club.
Jodie la miró sorprendida.
– ¿En Ipswich?
