
Él se encogió de hombros.
– No lo sé.
– ¿Qué hay de la grabación de la que me hablaste la semana pasada?
– ¿Con J.D. Delaney y Skyrocket Records? No fueron más que palabras, hermanita. Para tener una oportunidad así tendríamos que poder tocar en algún sitio famoso. No pódennos llegar y decir: aquí estamos. No nos dejarían pasar de la recepción -Lockie se levantó de nuevo y fue hasta la ventana-. Necesitamos tocar en un sitio como el Country Music Club, en Ipswich -su rostro se iluminó-. Pero si consiguiéramos tocar allí, sería un trampolín para la televisión, grabar un disco o cualquier otra cosa.
– Pues inténtalo, Lockie -le animó Georgia.
Él rió secamente.
– Sí, claro. ¿Qué quieres, que entre y diga que somos los Country Blues para que me contesten: los Country qué?
– ¿Y por qué no? -Georgia se rió de sí misma. ¿Quién era ella para dar un consejo así cuando no era capaz de poner en orden su propia vida? Con una seguridad nacida de la costumbre, añadió-. ¿Qué otra alternativa te queda?
– Ninguna.
Antes de que pudiera decir más, sonó el teléfono. Georgia lo contestó.
– ¿Hola? -dijo, en tono apagado.
– ¿Georgia? Menos mal que estás en casa. ¿Puedes venir a recogerme?
– ¡Morgan! -Georgia percibió el tono de agitación de su hermana-. ¿Qué te pasa?
– ¿Tengo que explicártelo ahora? Quiero volver a casa -Morgan elevó la voz-. ¿Está Lockie? ¿Podéis venir en la furgoneta?
– Claro, pero, ¿por qué? ¿Dónde está Steve?
– Ha salido y no quiero estar en casa cuando vuelva. Nos hemos peleado.
– ¿Por qué? -Georgia se masajeó la sien. Comenzaba a sentir el dolor de cabeza que llevaba amenazando con estallar todo el día.
– ¡Por Dios, Georgia! -exclamó Morgan en tono agudo-. No ha sido más que una pelea, ¿necesitas más explicaciones? -suspiró profundamente-. Steve me ha pegado y no pienso pasar con él ni un día más.
– ¿Steve qué? -preguntó Georgia, atónita.
