Bueno, al menos no la había llevado de vuelta a casa de su padre. Pero, ¿qué iría a hacer con ella? Lo cierto era que no podía esperar que la ayudara también a que se casara en secreto, cuando su padre le había encargado que se ocupara de Kit e intentara sobornarlo.

Emerald se tomó su tiempo para salir de su apretado escondite, mientras decidía qué hacer. Cuando por fin se sentó en el asiento trasero, apoyó los codos en el de delante y la cabeza en una de las manos, sabía que sólo había una forma de tratar a Brodie. Tendría que conseguir que se enamorara de ella un poquito. Aquello siempre le había resultado muy fácil, aunque supiera que luego se iba a sentir terriblemente culpable por ello.

– Hola Brodie -dijo esbozando la más irresistible de sus sonrisas-. Soy Emmy Carlisle, aunque eso ya lo sabe -le tendió una mano, que él tomó durante un momento.

– Me llamo Tom Brodie. ¿Cómo está? -replicó ligeramente divertido ante tanta formalidad.

– Muy bien, señor Brodie. ¿Por casualidad se dirige a Londres?

Tenía una sonrisa contagiosa, una sonrisa que podría cautivar y encantar hasta la sensibilidad más hastiada de un hombre que había llegado a lo más alto de su profesión sin darse un momento de respiro o diversión. Inocente y seductora al mismo tiempo, era el tipo de sonrisa que podía meter a un hombre en muchos líos. De hecho, ya había ocurrido algo así, pensaba Brodie mientras hacía un gran esfuerzo para no sonreír.

– ¿Y si no voy a Londres?

Emerald Carlisle no se sintió ni mucho menos ofendida por su respuesta.

– Entonces, me temo que está en la carretera equivocada -le dijo con el mismo aire que adoptaría una condesa en una recepción al aire libre y en absoluto avergonzada porque la hubiera pillado viajando de polizón en su coche-. Pero si pudiera dejarme en el primer hotel, estoy segura de que podría persuadir a cualquiera para que viniera a buscarme -continuó sonriendo-. Claro está, si puede prestarme dinero para el teléfono.



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