A Brodie le estaba costando cada vez más continuar con aquella cara tan seria.

– ¿Le parece que empecemos por lo del hotel? -contestó secamente-. Quizá pueda sugerirme alguno; no conozco esta carretera y estoy buscando un sitio dónde comer.

– Oh, qué buena idea; tengo un hambre de lobo -sabiendo ya que no la iba a devolver a su padre, se pasó al asiento delantero y se abrochó el cinturón-. Mi padre me encerró en el cuarto de los juguetes, y yo me declaré en huelga de hambre.

– Menos mal que estaba por allí; de otro modo quizá hubiera fallecido durante la noche.

– Es bastante probable -le dijo con un brillo malicioso en la mirada-. Me he saltado la merienda y la cena, y la verdad es que no he comido nada desde el mediodía.

– Yo tampoco; además, tuve que cancelar la cita que tenía para cenar esta noche.

– Oh, lo siento -dijo, sintiéndolo de verdad-. ¿Estaba muy enfadada?

Recordó la frialdad con la que la rubia platino le había respondido por teléfono; parecía que aquella señorita no estaba acostumbrada a que le dieran plantón.

– No importa -respondió, sorprendido de que fuera la verdad.

– Lo siento.

– Debería sentirlo.

Lo miró pensativa.

– ¿Está enfadado conmigo por haberme escondido en su coche?

– No, lo estoy conmigo mismo; debería haberlo cerrado con llave.

– Sí, pero me alegro mucho de que no lo hiciera. ¿Cómo ha sabido que iba escondida atrás? -le preguntó mientras se paraban en un área de reposo-. ¿Qué es lo que me delató? No me gustaría volver a cometer el mismo fallo -comentó.

– Su perfume.

Era Chanel y lo sabía porque se había gastado hasta el último penique ahorrado en comprarle a su madre un frasco por su cumpleaños.



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