
Pero se contuvo, sabiendo que no hubiera sido lo más adecuado. No había llegado hasta la posición que tenía en ese momento para echarlo todo a perder por un instante de locura. Además, eso de que ella deseaba que la besara era una ridiculez; se iba a casar y, aunque su trabajo fuera impedirlo, ése no era uno de los mejores sistemas para hacerlo.
Abrió el botiquín con dedos algo temblorosos.
– Tome -rasgó un pequeño paquete que contenía una gasa antiséptica y se lo pasó a Emerald-. Es mejor que se lo limpie a que se lo toque.
Emmy echó hacia atrás la cabeza, dejando el cuello al descubierto.
– ¿Quiere hacérmelo, por favor, Brodie? Yo no me veo.
Debería haberle dicho que fuera al baño a hacérselo ella, pero, en lugar de eso, le agarró de la barbilla, sintiendo el calor de su piel bajo las yemas de los dedos, y le pasó la gasa por el arañazo. Brodie se alegró de que el olor del líquido que iba impregnado en la gasa cubriera el de su perfume. El perfume de las rosas era dulce y sus pétalos como el terciopelo, pero tenían espinas. Emerald Carlisle podría ser como una rosa, pero también era una fuente de problemas y contratiempos.
Por su parte, si era sincera consigo misma, se había sentido inquieta desde que Brodie encendió la luz del coche y la miró con esos ojos oscuros. Incluso un momento después, pensando que iba a besarla, el corazón pareció habérsele parado.
