Se produjo un momento de confusión cuando Tom le rozó el brazo de piel aterciopelada, color albaricoque por el sol del verano. Al incorporarse, el rostro de Emmy estaba justamente debajo del suyo; se fijó en sus ojos, protegidos por largas y sedosas pestañas y en que tenía los labios ligeramente entreabiertos, dejando ver unos blancos y menudos dientes. Durante una décima de segundo todo su cuerpo le pidió a gritos que besara aquellos labios. Y durante ese breve instante supo que ella estaba esperando que la besara y supo que habría sido algo muy especial.

Pero se contuvo, sabiendo que no hubiera sido lo más adecuado. No había llegado hasta la posición que tenía en ese momento para echarlo todo a perder por un instante de locura. Además, eso de que ella deseaba que la besara era una ridiculez; se iba a casar y, aunque su trabajo fuera impedirlo, ése no era uno de los mejores sistemas para hacerlo.

Abrió el botiquín con dedos algo temblorosos.

– Tome -rasgó un pequeño paquete que contenía una gasa antiséptica y se lo pasó a Emerald-. Es mejor que se lo limpie a que se lo toque.

Emmy echó hacia atrás la cabeza, dejando el cuello al descubierto.

– ¿Quiere hacérmelo, por favor, Brodie? Yo no me veo.

Debería haberle dicho que fuera al baño a hacérselo ella, pero, en lugar de eso, le agarró de la barbilla, sintiendo el calor de su piel bajo las yemas de los dedos, y le pasó la gasa por el arañazo. Brodie se alegró de que el olor del líquido que iba impregnado en la gasa cubriera el de su perfume. El perfume de las rosas era dulce y sus pétalos como el terciopelo, pero tenían espinas. Emerald Carlisle podría ser como una rosa, pero también era una fuente de problemas y contratiempos.

Por su parte, si era sincera consigo misma, se había sentido inquieta desde que Brodie encendió la luz del coche y la miró con esos ojos oscuros. Incluso un momento después, pensando que iba a besarla, el corazón pareció habérsele parado.



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