– ¿En Francia?

– Se marchó la semana pasada.

– ¿A qué parte de Francia? -preguntó Brodie.

– ¿Por qué no paramos ahí y lo hablamos mientras cenamos?

Él echó un vistazo al alegre café bar que abría las veinticuatro horas sin dar mucho crédito a sus palabras.

– ¿Bromea?

– No. Aquí sirven desayunos durante todo el día, y el desayuno es mi comida favorita -luego le sonrió con sarcasmo-. No estamos en Londres, Brodie, y si vamos a un restaurante propiamente dicho, teniendo en cuenta que son más de las nueve, nos recibirán con cajas destempladas.

Brodie se daba cuenta de que hacía mucho que a Emerald no le paraban los pies. Quizá fuera su padre el único que lo hacía, y así, empezó a comprender al cascarrabias de Carlisle. Si la había encerrado en aquel cuarto, sería por alguna razón justificada. Se veía que la chica era muy capaz de comportarse de un modo totalmente irresponsable y se había dado cuenta de que él era una pieza clave para poder escapar. Decidió poner fin a aquel disparate y, poniéndose lo más serio posible, se volvió hacia ella.

Se encontró con el rostro de Emmy Carlisle, de grandes ojos enmarcados por las cejas más preciosas que había visto nunca, una boca sensual y unos bucles que le adornaban las mejillas.

¿De qué color tenía el pelo? Cuando la había visto en la cañería, la luz del crepúsculo le había teñido el cabello de un tono rosado. De pronto sintió que necesitaba saberlo y encendió la luz. Lo tenía de color rojo, una mata de rizos cobrizos que brillaban alrededor de su rostro en la penumbra.

Por un momento los dos permanecieron en silencio, simplemente mirándose el uno al otro.

– Se ha hecho un arañazo en el cuello -dijo Brodie, rompiendo el silencio.

– Debe de haber sido cuando buscaba mis zapatos en el rosal -dijo al tiempo que se llevaba la mano al lugar donde se había arañado.

Brodie se desabrochó el cinturón y extendió el brazo para abrir la guantera y sacar el botiquín de primeros auxilios.



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