
Una lágrima le rodó por la mejilla y fue a hacerle compañía a la rosa. Wade parpadeó repetidamente, el resto de las lágrimas desaparecieron como si nunca hubieran existido. Ena Conner había sido una mujer dura y orgullosa que había tenido un hijo soltera y lo había educado por sí sola, inculcándole su fuerza. Sólo su corazón, que le había fallado tres días antes, había sido débil. Wade no creía que a su madre le hubiera gustado verle llorar ante su tumba.
Aceptó en silencio las condolencias de los pocos vecinos que habían acudido a la ceremonia. Por enésima vez se preguntó por qué Ena no había dejado Kinley con él. Aunque no había estado aislada del todo, las familias con una larga historia en Kinley nunca la habían aceptado. Había educado a sus hijos preocupándose por sus problemas en la escuela sin que jamás dejaran de mirarla por encima del hombro por no ser uno de ellos. En el funeral no había más de una veintena de personas, si la hubieran considerado uno de los suyos toda la ciudad habría estado allí.
Wade reprimió su amargura y echó a andar hacia el coche de alquiler. No pudo evitar volverse para ver la tumba de su madre cubierta de tierra. Con su madre desaparecida era probable que siempre se sintiera solo en Kinley. Por el momento, todo el mundo parecía aceptarle, pero Wade presentía que nadie le había perdonado sus pecados, reales o imaginarios. Él tampoco les perdonaría jamás.
El reflejo del sol sobre los cabellos sedosos de una mujer atrajo su atención. Tuvo que cerrar los ojos para soportar un tormento distinto.
Aquel pelo oscuro le traía recuerdos que Wade no estaba dispuesto a revivir. Recordaba cuál era el tacto de aquel pelo castaño y la mirada de unos ojos azules atravesados de una extraña luz violeta.
