Aquellos ojos, doce años más viejos pero no menos atractivos, se volvieron hacia él llenos de algo parecido a la compasión. Wade se detuvo y observó con una mezcla de fascinación y recelo cómo aquella aparición del pasado irrumpía en su presente.

Su figura había perdido la angulosidad de la adolescencia para desarrollarse en unas curvas mucho más femeninas. Caminaba como quien está acostumbrada a que le admiren, cosa que no le extrañó a Wade. Leigh Hampton no poseía la belleza de una modelo de revista, pero él se había sentido irresistiblemente atraído hacía ella hacía años, sin embargo, sabía que en aquel cuerpo menudo y perfecto latía un corazón traicionero.

Leigh tenía una nariz pequeña y unos ojos grandes, pero el rasgo más destacado de su rostro era la boca. Era un tanto grande y a Wade siempre le había recordado a una fresa apetitosa. Lo que más le había gustado de ella había sido su boca, sobre todo cuando le sonreía.

Pero aquellos labios no sonreían y Wade se preguntó qué iría a decir. Hacía años, sus últimas palabras selladas con un beso habían sido que se verían pronto. Había sido una mentira más amarga aún por los acontecimientos que tuvieron lugar a continuación.

Wade sabía desde el principio que el hijo bastardo de una recién llegada no podía mantener relaciones con la hija de una de las familias más destacadas de Kinley, pero había esperado de ella algo más que el silencio. Se preguntó si al mirarlo vería en él el inocente que había sido o el novelista de éxito que había llegado a ser. Claro que su opinión ya no importaba.

Leigh se detuvo a unos pasos de él y echó hacia atrás ligeramente la cabeza para mirarle a los ojos. Había olvidado lo menuda que era. Wade medía algo más de uno ochenta, Leigh apenas le llegaba a la barbilla. Wade sintió un aguijonazo en el corazón al recordarse que era más fuerte de lo que parecía.



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