Sabía que sus encuentros clandestinos no podían durar siempre. Sin embargo, nunca imaginó que tendrían un fin tan abrupto y amargo.

Los padres de Leigh habían ido a pasar unos días a Charleston y ellos habían quedado en encontrarse justo después de anochecer. Ella no albergaba temores de ser descubierta porque Drew jamás la delataría y su hermana se había casado y se había marchado de la casa. Aquella noche fría, Wade la llevó al remanso donde se habían conocido.

– ¿Alguna vez te he dicho que te quiero, Wade Conner?

Era la primera vez que lo decía, su voz rebosaba emoción. Apoyó la cabeza en su hombro y se sorprendió al notar la tensión que irradiaba de Wade. Leigh se apartó de él y le miró a la cara para averiguar la causa de su incomodidad.

– Sólo he dicho que te quiero, Wade. ¿Qué tiene de malo?

– Nada en absoluto. Lo que pasa es que no te creo. Si de verdad me amaras, no te importaría que toda la ciudad nos viera juntos, no tendríamos que escondernos.

Leigh suspiró. No quería estropear aquella noche, pero sabía que él tenía razón y no podían evitar la discusión por más tiempo.

– ¡Oh, Wade! Ya conoces mis sentimientos. No me avergüenzo de ti, pero tampoco quiero enfadar a mi padre.

– Ya. No quieres molestar al pomposo y viejo Drew Hampton Tercero, pero te importa un bledo molestarme a mí.

– No tienes que referirte a mi padre con esos calificativos.

– ¿Y qué me dices de los que él usa conmigo? ¿No sabes que fue a buscarme ayer por la tarde para amenazarme con hacer que me despidieran si no te dejaba en paz?

El enfado de Leigh se disolvió en asombro. Abrió mucho los ojos, pero Wade continuó hablando.



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